Casos · 4 febrero 2026 · 7 min lectura · Por Pablo Cid

Una madre que no quería que su hija entrara a Medicina.

A veces el problema no está en el alumno. Está en lo que se espera de él. Cómo navegamos eso sin tomar partido.


L. llegó al diagnóstico con su madre. Quería rendir la PAES en diciembre. Quería entrar a Medicina. Tenía que subir aproximadamente cien puntos en seis meses. Era posible pero exigente.

Mientras yo tomaba notas y conversaba con L. sobre dónde estaba parada académicamente, su madre intervenía. “Pero, ¿usted cree que vale la pena tanto esfuerzo? Medicina son siete años. Después la especialidad. Llega a los treinta sin haber hecho nada.” L. se ponía rígida. Su madre seguía. “Yo le digo que estudie algo más corto, que pueda trabajar luego. Pedagogía, por ejemplo. Igual de importante.”

Era una conversación que claramente venía pasando entre ellas hace tiempo. Y estaba pasando ahora, en mi oficina, conmigo de testigo incómodo.

Ese momento es uno de los más delicados del oficio. La madre no estaba siendo malintencionada. Estaba genuinamente preocupada por su hija. Y la hija no estaba siendo terca. Estaba defendiendo lo que quería ser. Las dos tenían razones válidas. Y yo, técnicamente, había sido contratado por la madre.

Tomé una decisión que no es para todos: no tomé partido.

Le dije a la madre que el plan académico para entrar a Medicina existía, que era exigente pero realista, y que yo podía hacerme cargo de ese plan si decidían avanzar. Le dije a L. que su objetivo era válido y que iba a tener un equipo trabajando con ella en serio. Y agregué algo más: que la decisión de qué carrera seguir no es una decisión académica, es una decisión familiar, y que no me correspondía tomar partido en eso. Que mi trabajo empezaba en el momento en que ellas, juntas, decidieran qué carrera apuntar.

Hubo silencio en la oficina.

La madre me dijo que apreciaba que no le diera la razón ni a una ni a otra. “Pensé que usted iba a hacer la presión que yo no he podido hacer.”

Le contesté que no iba a hacer presión en ninguna dirección. Que si decidían que L. apuntaba a Medicina, íbamos en serio con eso. Si decidían otra carrera, también. Pero la decisión no se tomaba en mi oficina.

Volvieron a casa. Tres semanas después la madre me llamó: habían acordado intentar Medicina con un plan B claro. Si en agosto el simulacro no daba los puntajes proyectados, L. iba a postular a otras carreras del área salud que también le interesaban — Kinesiología, Enfermería, Tecnología Médica. No era rendirse. Era profesionalizar la decisión.

Trabajamos siete meses con L. Llegó a la PAES con los puntajes proyectados. Postuló a Medicina y a tres carreras más. Quedó en la segunda preferencia, no en la primera. No es la historia que cualquiera querría contar.

Pero L. está estudiando algo que eligió. Su madre la apoya. Y la conversación dolorosa que vi en mi oficina aquella primera vez, no se repitió.

Lo que aprendí de ese caso, y que después he aplicado muchas veces, es que un servicio de educación premium no es un servicio de coaching motivacional. No estoy ahí para empujar al alumno a cumplir el sueño que él dice tener. Tampoco para empujarlo al sueño que el apoderado tiene para él. Estoy ahí para dar el plan académico que mejor sirva al objetivo que la familia, como familia, decida.

A veces ese rol es más útil que cualquier técnica pedagógica.

Hay decisiones que no son mías. Mi trabajo es respetar eso.


Fin del artículo
PC
Pablo Cid

Ingeniero Civil Industrial. Hace clases particulares desde 2008. Director del estudio de educación privada que lleva su nombre. Escribe acá cuando hay algo que decir.

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