Las sesiones de noventa minutos no son capricho.
Sesenta es conveniente para el calendario. Noventa es lo que cambia los resultados. Lo aprendí cobrando barato durante años.
Cuando empecé a hacer clases en 2008, mis sesiones duraban una hora. Era lo que pedían los apoderados. Era lo que cobraba el resto. Era lo que cabía bien entre el almuerzo y el partido del hijo. Una hora, en educación particular en Chile, es la unidad estándar.
Tardé varios años en darme cuenta de que esa unidad no la inventó ningún pedagogo. La inventó la lógica del calendario. Una hora calza limpio en una semana llena, se factura bien, se agenda fácil. Pero una hora no es lo que un alumno necesita.
Lo que un alumno necesita, especialmente uno que arrastra dificultades con la materia, es tiempo para entrar en estado de concentración profunda. Y ese estado no aparece en el minuto cinco. Aparece, en promedio, alrededor del minuto veinticinco.
Entonces el cálculo se vuelve simple y un poco brutal. Si una sesión dura sesenta minutos, los primeros veinticinco son calentamiento. Los siguientes veinte son trabajo real. Los últimos quince son agotamiento. Solo veinte minutos productivos por sesión. Para una clase semanal, son ochenta minutos productivos por mes. Por eso tantos alumnos avanzan tan poco a pesar de tener “su profesor particular”.
Cuando subí a noventa minutos, el alumno entra en concentración igual al minuto veinticinco — pero ahora le quedan sesenta y cinco minutos productivos, no veinte. Más del triple. Y los últimos veinte de la sesión, los más cansadores, son donde un buen tutor aporta más: ahí es donde el alumno está al borde de rendirse y necesita que alguien le sostenga la atención.
A los apoderados les choca el formato cuando lo escuchan por primera vez. “¿Noventa minutos? Mi hijo se cansa.” Y tienen razón. Se cansa. Pero el cansancio es la condición misma del aprendizaje real. Estudiar es cansarse. Lo que no pasa en sesenta minutos, no es que el alumno no se canse, es que ni siquiera empieza a hacer el esfuerzo que importa.
Hay otra cosa que pasa con los noventa minutos, menos obvia pero más importante. El alumno se acostumbra a sostener atención más tiempo del que cree posible. La capacidad de concentración no es un don. Es un músculo que se entrena. Cada sesión de noventa es entrenamiento. Después de seis meses, el alumno se sienta a estudiar solo en su casa y ya puede aguantar dos horas sin levantarse a buscar el teléfono. Eso no es magia. Es repetición.
Hoy, diecisiete años después, todas mis sesiones son de noventa minutos. Sin excepción. Cuando un apoderado me pide hora y media porque “mi hijo no aguanta más”, le digo que justamente por eso es la duración correcta. La hora que ya tomó con otros tutores le confirmó que su hijo no aguanta. Lo que necesita es entrenarse para aguantar.
La unidad correcta no es la cómoda. Es la que hace funcionar el método.
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Ingeniero Civil Industrial. Hace clases particulares desde 2008. Director del estudio de educación privada que lleva su nombre. Escribe acá cuando hay algo que decir.
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El siguiente paso es el diagnóstico. Noventa minutos presenciales o por videollamada. Sesión presencial $50.000, online $35.000.
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