Cómo elegimos a los tutores. No es por currículum.
De cada cien postulantes, contratamos a tres. Lo que evaluamos casi nunca aparece en un CV.
Cuando alguien me pregunta cuántos tutores tengo, suelo responder con la pregunta inversa: cuántos he descartado. Hoy somos treinta personas trabajando juntos. Para llegar a esos treinta entrevisté en los últimos años a más de mil postulantes. La proporción se mantiene estable en el tiempo: contrato a uno de cada treinta o treinta y cinco que se postulan.
A los apoderados les sorprende ese filtro. Y a los postulantes también. La mayoría llega convencido de que su currículum les abre la puerta. Pero en mis entrevistas, el currículum lo leo casi al final, cuando el postulante ya se fue. Antes me importan otras cosas.
Lo primero que evalúo es cómo explica algo. No qué sabe — eso lo verifico en cinco minutos con un par de preguntas. Lo que me importa es cómo reordena su explicación cuando el alumno no entendió. Le pido al postulante que me explique un concepto técnico de su carrera. Después le digo: “no entendí”. Y observo qué hace.
El que repite la misma explicación más fuerte y más lenta no me sirve. El que se enoja un poco, tampoco. El que se siente avergonzado de mí (porque no entendí algo “obvio”), menos. El que me sirve es el que cambia de ángulo, busca un ejemplo distinto, y prueba otra entrada al concepto sin perder la calma. Esa flexibilidad mental es la habilidad central de un tutor. Es lo que hace que un alumno deje de odiar matemáticas. Y casi nunca está en el currículum.
Lo segundo que evalúo es la relación que tienen con su propio error. Le pongo al postulante un problema que sé que va a fallar la primera vez. Y miro qué hace cuando descubre que se equivocó. El que esconde el error, no me sirve. El que se justifica, tampoco. El que dice “ah, me equivoqué, déjame pensar de nuevo” y se ríe — ese me sirve mucho. Porque a un alumno que está aprendiendo, lo que más le hace falta es ver a alguien adulto equivocarse en voz alta y volver a intentar sin drama. Esa modelación tiene más impacto pedagógico que cualquier técnica de enseñanza.
Lo tercero, y quizás lo más subestimado, es la disciplina invisible. Un tutor particular trabaja mayoritariamente solo, sin jefe encima, sin oficina, sin tarjeta de salida. La diferencia entre un buen tutor y un mediocre no se ve en una clase. Se ve en si revisa la prueba del alumno antes de la sesión siguiente, en si llega cinco minutos antes en vez de tres minutos tarde, en si manda el reporte mensual al apoderado a tiempo o un día después. Esa disciplina no se entrena en una entrevista. Se infiere en gestos chicos: si el postulante llegó puntual a la entrevista, si revisó algo del estudio antes, si trajo preguntas concretas o solo respuestas ensayadas.
Recién al final miro el currículum. La carrera, la universidad, las notas. Eso me confirma que sabe la materia. Pero saber la materia es la condición mínima, no el diferenciador. De los treinta tutores actuales, solo doce vienen de las universidades “tradicionalmente fuertes” en su disciplina. El resto son perfiles que en otro proceso de selección habrían quedado afuera por su CV. Y son, en mi experiencia, igual de buenos o mejores.
Eso es lo que diferencia el filtro de un servicio premium del filtro de un preuniversitario masivo. El masivo necesita escalar — entonces filtra rápido por título y certificaciones. Yo no escalo. Por eso puedo darme el lujo de descartar al noventa y siete por ciento de los postulantes basándome en cosas que no se pueden poner en una hoja.
Un buen tutor no es un buen estudiante adulto. Es algo distinto.
Fin del artículo
Ingeniero Civil Industrial. Hace clases particulares desde 2008. Director del estudio de educación privada que lleva su nombre. Escribe acá cuando hay algo que decir.
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