El problema con el preuniversitario masivo en Chile.
No es ideológico ni de calidad. Es estructural. Y explica por qué tantos alumnos llegan a IV medio sabiéndose la fórmula sin entender la pregunta.
Voy a empezar este texto con una declaración clara, para que no haya confusión: el preuniversitario masivo no es malo en sí mismo. Cumple una función importante en Chile. Para muchos alumnos, es la única forma asequible de prepararse para la PAES. Para otros, es complemento útil al colegio. Y hay buenos profesionales trabajando en esos preuniversitarios — algunos los conozco personalmente, son tan buenos como cualquier tutor mío.
El problema no es ideológico. Es estructural.
Y se entiende mejor mirando los números.
Un preuniversitario masivo típico en Chile tiene salas de entre treinta y cuarenta y cinco alumnos. Un profesor enseña a un grupo durante dos horas. En ese formato, la atención individual real por alumno es de aproximadamente noventa segundos por sesión. Si el alumno necesita una explicación distinta, no la va a recibir en clase. La va a recibir, en el mejor de los casos, en horario de consultas — donde otros doscientos alumnos también están haciendo cola.
Pero acá hay un dato que se subestima sistemáticamente: la mayoría de los alumnos no van a las consultas. No es que no las necesiten. Es que les da vergüenza. Vergüenza de levantar la mano frente al grupo, vergüenza de preguntar lo que sienten que “deberían saber”, vergüenza de que el profesor o sus compañeros piensen que están atrasados. Y entonces lo que ocurre es algo que veo todos los marzos en mis diagnósticos: el alumno llega a casa con la guía de ejercicios en blanco. La guía que en clase le explicaron y que tendría que estar lista. Pero quedó en blanco porque se trabó en el primer ejercicio, no quiso preguntar, y dejó pasar el resto.
Ese alumno, en el sistema masivo, queda atrás silenciosamente. Y cuando el profesor avanza a la siguiente unidad, el atraso se acumula. Para diciembre, lleva meses cargando vacíos que nadie detectó.
Eso no es crítica al modelo. Es matemática del modelo combinada con la psicología real de un adolescente.
Y la matemática del modelo determina qué tipo de aprendizaje produce.
Cuando el alumno tiene noventa segundos de atención individual por sesión y vergüenza de pedir ayuda, lo único que el sistema puede hacer es enseñar la fórmula. No tiene tiempo para enseñar el concepto detrás. No tiene tiempo para diagnosticar por qué un alumno no entiende. No tiene tiempo para corregir el método de estudio. No tiene tiempo para enseñar el oficio de rendir una prueba bajo presión.
El resultado lo veo todos los marzos en mis diagnósticos iniciales. Llegan alumnos de cuarto medio que se saben todas las fórmulas y no entienden ninguna. Pueden recitar la ecuación cuadrática. No saben qué es una función cuadrática. Pueden listar los temas del eje de funciones. No saben para qué sirven. Memorizaron lo que el sistema masivo podía enseñarles, que es lo único que el sistema masivo podía enseñarles.
Eso explica también algo más raro: la cantidad de alumnos que rinden bien en ensayos del propio preuniversitario y rinden mal en la PAES real.
La razón es que los ensayos masivos están calibrados al método del preuniversitario. Repiten la lógica de las preguntas que ya se trabajaron. La PAES real, hecha por el DEMRE, no opera con esa misma lógica. Pregunta cosas más raras, en formatos menos predecibles, exige razonamiento más allá de la fórmula. Un alumno entrenado solo en el método masivo se topa con una prueba que no se parece a su entrenamiento.
La diferencia con la educación individual no es solo que sea más cara. Es que la atención personalizada le saca al aprendizaje los rozamientos invisibles. Es como caminar versus andar en patines: la misma persona, el mismo terreno, pero la velocidad es completamente distinta. El alumno avanza más rápido no porque trabaje más, sino porque deja de perder tiempo en lo que no entendió, en lo que no se atrevió a preguntar, en la guía que quedó en blanco.
Hay una salida que algunos preuniversitarios masivos están explorando: clases reducidas, personalización, atención individual. Pero acá viene la otra mitad del problema estructural. Esas opciones cuestan parecido a lo que cuesta un servicio individual. Y entonces deja de tener sentido pagarlas en formato grupal pequeño cuando podés tener clases uno a uno por precio similar.
Por eso el rubro educativo en Chile está partido en dos polos cada vez más alejados: el preuniversitario masivo barato (con sus limitaciones estructurales) y la educación particular individual (con sus precios). En el medio no hay mucho. Y los alumnos que más necesitan algo del medio — atención personalizada, costo razonable — son los que peor lo tienen.
No tengo solución estructural a eso. Soy parte del polo individual. Pero lo mínimo que puedo ofrecer es honestidad sobre por qué el otro polo no funciona para todos.
A las familias que llegan a mí preguntando si conviene combinar preuniversitario masivo con clases individuales, suelo decirles algo así: si pueden, sí. El masivo da volumen y estructura. El individual da diagnóstico, método y oficio. Las dos cosas son útiles, y son distintas. No es elegir entre uno u otro como si fueran competencia. Son funciones complementarias del aprendizaje.
Lo que no funciona, y lo veo todos los años, es asumir que el masivo solo va a alcanzar para una prueba como la PAES. Para algunos alumnos sí alcanza. Para muchos otros, no. Y la diferencia la marca, casi siempre, lo que el preuniversitario masivo estructuralmente no puede dar: alguien que conozca al alumno por su nombre, que sepa qué le cuesta, y que tenga el tiempo para corregirlo.
La crítica al modelo masivo no es que esté mal hecho. Es que es lo que es.
Fin del artículo
Ingeniero Civil Industrial. Hace clases particulares desde 2008. Director del estudio de educación privada que lleva su nombre. Escribe acá cuando hay algo que decir.
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